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Vamos a contarte un cuento

Contar cuentos es una acción que parece dirigida exclusivamente a los niños como receptores, entendiendo que un cuento se refiere a una historia ficticia en la que intervienen hadas, seres fantásticos y situaciones inverosímiles. Pero la atención y la curiosidad que puede provocar la narración de una historia no son exclusivas de los más pequeños. A todos, también a los adultos, nos gusta escuchar historias.

Desde Esopo y sus fábulas de animales (siglo IV a. C., Antigua Grecia) hasta el reciente cuento para informar a los niños del coronavirus de la psicóloga y maestra colombiana Manuela Molina, se han creado muchas versiones de este género: de hadas, históricos, fantasía, terror… pero la intención común en el mensaje que el emisor desea transmitir al receptor es mantener la atención explicando una historia que le ha pasado a otro ser humano y que, por sus características, se despierte el interés de escucharla hasta el final. Las primeras fábulas eran básicamente una lección de moralidad o consejo ante una situación de conflicto, y los cuentos posteriores han reflejado también un conflicto o una situación especial, fuera de lo cotidiano en la historia contada. Al personaje siempre le sucede “algo” especial que puede servir como base para hacer reflexionar al receptor sobre la realidad ficticia que vive el personaje.

También la palabra “cuento” al principio puede parecer algo imposible de llegar a ser real. “¡No me expliques cuentos!” lo hemos podido oír alguna vez a una persona que nos imaginamos que no dice la verdad. Lo cierto es que los cuentos tienen la capacidad de mostrar situaciones anormales para lograr captar interés y provocar en nuestra mente posibilidades que alguna vez pudieran acontecer, por muy descabellado que pueda ser el argumento.

Y hablando de argumentos descabellados, nos invita a la reflexión el hecho de que si ponemos por caso que alguien nos hubiera contado el cuento de que el mundo estaría confinado porque un virus manda y decide sobre nuestras vidas, en el presente y, por lo que vamos viendo, en el futuro próximo, seguramente no hubiéramos creído que pudiera suceder. Podría ser el gran cuento hecho realidad de nuestra vida, algo imposible de imaginar. Alguien nos está contando un cuento imposible de entender, un cuento de terror, y el argumento del cuento va siguiendo, no ha acabado todavía. El narrador sigue explicándonos su cuento terrible…

“Y llegó un día que la gente creía que el virus estaba casi vencido, manteniéndose al menos oculto y poco activo, pero el virus, aprovechando el descuido y la confianza de la gente, volvió a atacar y a amenazar la salud de sus víctimas. Las fiestas que en algunos lugares se celebraban, como el día de San Jorge, en honor a los libros, en agradecimiento a las lecturas interesantes que nos entretienen como historias de ficción, pero también como posibles vivencias reales a los humanos, esas fiestas esperadas por todos… se celebraron diferente, sin su máximo esplendor, pero con toda la voluntad de seguir allí. La gente no dejó de leer libros, vio series de adaptaciones de obras literarias, asistió a tertulias literarias online… Todos necesitaban recrear otros relatos en sus mentes, distintas realidades que contrastar. Los autores inventarían nuevas historias para poder contarlas y sorprender a los lectores con la ficción que no supera la realidad”.

A todos nos gustaría saber cómo acaba este cuento: el cuento del coronavirus. No podemos saberlo, pero sí que podemos decidir qué hacer con nuestras vidas ante el desconcierto y la inseguridad. Como una historia con varios finales, cada uno de nosotros puede escribir el próximo capítulo de la forma que desee, y así llegar al final con un objetivo que, al menos, se haya intentado cumplir, de la forma más positiva y desdramatizada posible. Aun tenemos el presente.

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